martes, 28 de octubre de 2008

Te leo


Me acomodo a tus pies y te leo un relato...

"No he podido evitar los recuerdo, ha sido como un rayo, repentina y súbita su aparición. Estoy sentada en un banco, en Hyde Park, frente al lago. El frío me hace sentir viva, y siento como si mis mejillas palpitaran. De hecho me siento bien, dentro de lo extraño q en este día reviva algo tan lejano, algo q ya creía borrado de mi memoria.
Todo ha ocurrido al ver a estos ánades persiguiéndose. Al ver como es gran macho acosaba a la hembra, siguiéndola, bailando alrededor suyo en un paseo circular, empujándola dentro del agua, hasta empotrarla en la orilla, al lado de un tronco perdido en el curso del río, y con una destreza genética, intuitiva, mágica, mezcla del animal de poder y ternura, sujetar su cuello con el pico, como si la mordiera. No pude evitarlo. Primero me vino su rostro, con sus ojos penetrantes y oscuros, su boca carnosa y sus pequeñas ojeras.

Así le vi, en el mercado, y casi sin darme cuenta, tras haber “chocado” con él, tirando su cesta por el suelo, me vi tomando un café a las once de la mañana. Apenas hablaba, se daba a entender por gestos, miradas, sus manos parecían banderas de señales, o así lo asocié en aquel momento. A las doce de la mañana estábamos en mi casa, tomando unas copas de vino blanco. Nunca he sido una mujer fácil, pero en aquella ocasión mi mundo se vino abajo, sin darme cuenta, abandonada a mi aventura.


Me desnudo lentamente, ceremoniosamente. Se arrodilló a mis pies para descalzarme. Subió las manos por mi pierna, hasta medio muslo. Yo llevaba unas medias blancas. Desabrochó mi liguero, bajó las medias con calma, acariciándome. Se levantó, cogió mi cara entre sus manos y me besó tiernamente y sentí su lengua en el fondo de mi boca, sus dientes en mi labio inferior, y sus manos bajaron por mi cuello, recorrieron mis hombros y con la misma calma me desabrochó la blusa verde, sacó mis brazos de las mangas, se agachó, liberó el corchete de mi falda de punto q cayó al suelo. Se arrodilló de nuevo, y me liberó de las pequeñas bragas negras. Me besó el ombligo y sentí la punta de su lengua recorrer hacia abajo. Besó ligeramente, casi sin tocarlo, mi vello y se levantó. Se colocó a mi espalda para desabrochar el sujetador, lo dejó caer, me envolvió con los brazos y acarició mis pechos, con la palma de la mano rozó los pezones. Bajo hacia la cintura y me volvió hacia él. Me beso largamente y me tendió en la cama. Se desnudo lentamente, dándome la espalda como si aquello fuera un gesto pudoroso. Entonces se arrodilló sobre la cama y me dio la vuelta. Empezó a besarme la nuca, sentía como sus labios y su lengua recorrían mi cuello, me mordisqueaba, y su mano derecha bajó por mi espalda, entre las nalgas hasta mi sexo. Sentí como su mano se acercaban a mis labios y sus dedos comenzaron a acariciarme de arriba abajo, lentamente, después se detuvo sobre mi clítoris, presionó con delicadeza, y yo sentía como vibraba todo mi cuerpo desde la nuca hasta los tobillos, era como una música in crescendo. Pasó su mano izquierda por mi vientre y fue a encontrarse con su derecha, fijo la izquierda en mi clítoris y penetró sus dedos en mi sexo. Yo estaba vibrante, mojada y mis contracciones eran intensas, estaba a punto de volar, quería sentirme poseída, quería entregarme mas, no sabia lo q quería. Entonces sentí un escalofrío, una mezcla de dolor y placer al principio, y después placer y mas placer, cuando penetró su pulgar en mi camino estrecho, tan celosamente guardado. Siguió besando mi nuca y yo volé, volé hasta las estrellas más lejanas, me sentí como una ola, mi cuerpo se onduló y tuve la sensación de flotar en un mar de seda y algodón.

Separó suavemente sus manos de mi cuerpo, me dio la vuelta. Besó mis labios, mis pechos, mis pezones, mi vientre, mi sexo mojado. Me hizo temblar como un pájaro. Me dio la vuelta de nuevo y se colocó tras de mi, me levanto las caderas, y me sentí finalmente penetrada, llena, profundamente, en un movimiento lento pero preciso. Me moví, casi inconscientemente. Quería sentirme penetrada hasta el limite, quería sentir lo q nunca había sentido, quería tal vez evadirme para siempre sin saberlo. Entonces sentí como sus manos separaban mis nalgas, y ocurrió, me sentí traspasada, transportada, a partir de aquel instante creo q incluso perdí el sentido.

Se retiró poco a poco. Estaba erecto, no había eyaculado. Entonces se acercó a mí y me abrazo dulcemente.

Al poco rato nos levantamos y nos metimos en la ducha. Una reconfortante ducha de agua caliente. Nos abrazamos de nuevo y entonces me arrodille a sus pies, lo tome en la boca y sentí como me llenaba y finalmente bebí el licor de la vida.

Volvimos a la cama y me quedé dormida.

A las cinco de la tarde desperté y encontré una nota sobre la almohada.

… Te quiero.

Me llamo Job.

Hasta siempre.

Gracias.”



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