"Empiezas a vivir a tu Sumisa. Las Sumisas son Diosas. Acepta tus instintos. La sinceridad y la entrega son armas de tu pureza. Lo que llamas vulgaridad son secreciones de tu inocencia. Disfrútalas, y ganarás entereza y seguridad. Hay un espacio que conquistar. Una vez en él, todo lo que hoy te perturba te parecerá ridículo e indigno de atención.
(...)
"Eres un ave inmaculada, una sacerdotisa que busca la pureza en las cloacas de su naturaleza (…) Y esa pureza no se ve afectada porque te atrevas a comportarte como una cerda, una perra o una puta (…) Si no eres capaz de ser una cerda, una perra, una puta, si no eres capaz de ser extremadamente sucia, jamás podrás alcanzar la pureza.”
(…)
"A veces cierro los ojos, en la oficina, en casa, y pienso en usted, Maestro Yuko. Está cerca de mí y eso me provoca un estremecimiento. Sus manos recorren mi cuerpo y me caliento tanto que tengo la sensación de deshacerme
bajo sus dedos. También me siento humilde. Hace pocas noches, mientras leía, imaginé que estaba a sus pies, atada. ¡Qué paz inundaba su habitación, cuánto sosiego! Los ruidos de la calle llegaban amortiguados, como si su casa se levantara en el fondo de un lago. Usted trabajaba, concentrado, manipulaba los pinceles con gran destreza y yo, acurrucada en el suelo, era el ser más feliz de la creación. La posición en la que me hallaba era muy
incómoda, pero el hormigueo de mis miembros inmovilizados resultaba embriagador. A pesar de la dificultad, cuidando mucho de no hacer ningún movimiento brusco, de no molestarlo, conseguí arrastrarme muy poco a poco, hasta alcanzar con mis labios sus pies desnudos. Los besé como si fuesen objetos sagrados.
Entonces usted, Maestro, alzó la vista de lo que hacía y puso sus ojos en mí; a continuación una de sus manos descendió pa
ra dejar una levísima caricia en mi espalda.
¡Qué gozo!
Todo mi ser se convirtió en pura dicha. Mientras imaginaba esta escena, no pude evitar masturbarme. Obtuve un orgasmo delicioso, largo."




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