Lo que su amante quería de ella era muy simple: que estuviera siempre accesible de un modo constante e inmediato. No le bastaba saber que lo estaba; quería que lo estuviera sin el menor obstáculo y que tanto su actitud como su manera de vestir así lo advirtieran a los iniciados. Esto quería decir, prosiguió él, dos cosas: la primera, que ella sabía ya, puesto que se lo habían explicado la noche de su llegada al castillo, nunca debía cruzar las piernas y debía mantener los labios entreabiertos. Seguramente, ella creía que esto no tenía importancia ( y así lo creía, en efecto); sin embargo, proto descubriría que, para observar esta disciplina, tenía que poner una atención constante que le recordaría, en el secreto compartido entre los dos y acaso de alguna otra persona, pero durante sus ocupaciones ordinarias y entre todos aquellos ajenos a tal secreto, le recordaría la realidad de su condición. En cuanto a su ropa, deberia elegirla o, en caso necesario, inventarla de manera que hubiera necesidad de repetir aquel semidesnudamiento a que la había sometido en el coche que los llevaba a Roissy. Al día siguiente, ella escogería en sus armarios y cajones los vestidos y la ropa interior y descartaría absolutamente todos los slips y los sujetadores parecidos a aquél cuyos tirantes había tenido que cortar él para quitárselo, las combinaciones cuyo cue
rpo le cubrieran los senos, las blusas y los vestidos que no se abrochasen por delante y las faldas que fueran demasiado estrechas para que pudiera levantarlas con un solo movimiento. Que encargara otros sujetadores, otras blusas y otros vestidos. Hasta entonces, ¿tendría que ir con los senos desnudos bajo la blusa o el jersey? Pues bien, que fuera. Si alguien lo notaba, ella podría explicarlo como mejor le pareciera o no dar ninguna explicación, era asunto suyo. En cuanto a las demás cosas que debía decirle, prefería esperar unos días y deseaba que para oírlas, ella estuviera vestida como él queria. En el cajoncito del escritorio encontaría todo el dinero que necesitara. Cuando él terminó de hablar, ella murmuró "te quiero" sin el menor gesto. Fué él quien echó más leña al fuego y encendió la lámpara de la mesita de noche, que era de opalina rosa. Entonces dijo a O que se acostara y lo esperase, que dormiría con ella. Cuando él volvió a entrar en la habitación, O alargó la manos para apagar la luz. Era la mano izquierda y lo último que vio antes de que se hiciera la oscuridad fue el brillo apagado de su sortija de hierro.
"Historia de O" Pauline Reage

"Historia de O" Pauline Reage
Fotografías: China Hamilton
histo
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