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sábado, 3 de septiembre de 2011

Si tú me dices ven

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[…]
¿Conoces una vieja canción que dice “si tú me dices ven lo dejo todo”?
[…] Pues siempre he creído que a esa canción le falta algo… Debería ser: “Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven”. 
(Pág. 17)

[…] “Ven… Y voy.”
Mi vida volvía a girar…
 […] Volvía a ser yo, el mundo había dejado de estar parado… 
(Pág. 201)


 



 
Tercera edición: abril 2011
Editorial Grijalbo





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martes, 16 de agosto de 2011

Muñeca triste

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Muñeca triste, quién te roba a ti los momentos. Muñeca triste de apariencia embustera. Quién se cree dueño de quitarte los instantes que te pertenecen, y ese viento que te da de cara, que roza tus pómulos, ¿acaso tiene permiso? Te gustaría ir a Alaska a contemplar la aurora boreal, eso lo sé desde tiempo, y pretendes conseguirlo en tu caminar con tacón de aguja. Muñeca triste cargada de miedo. Podrías alzar la voz para que alguien te oyera desde ese orificio en que andas metida. El presente es absurdo pero es lo único que tienes.
¿Por qué te gustan tanto los hombres? ¿Porque te dan de comer? A parte de el estómago, también te alimentan el alma. Andas triste porque una vez te enamoraste como una estúpida y te salió mal, y ya no has querido volverlo a hacer. Lo de enamorarte digo. Y vas por la vida luchando y como arma tu cuerpo. Piensas que lo que sienten es cariño por ti y luego te das cuenta que no sienten nada, y te restriegas la piel con la esponja, tan dolorosamente para quitarle el asco, que te deja rojeces como marcas.
Muñeca triste dime que aún sigues ahorrando para hacer un día ese largo viaje. Solo un billete de ida, por favor. La vuelta no la quieres, no quieres volver. Y te preguntas si alguien se cuestionará dónde te has metido, si a alguien le importará que te largues, que desaparezcas. Sabes que no es tarde, que siempre existirá el día oportuno, el señalado, el marcado. Sabes que sólo nunca sería demasiado tarde. Porque nunca es no existir y lo que no existe no se añora, no se extraña. Muñeca triste: ¿seguirás luchando hasta conseguirlo? Vengo a pedirte perdón, no me gusta verte llorar, si quieres llorar hazlo en mi compañía. Nunca has tenido algo tuyo, ni un querer que quisiera decir tu nombre verdadero. Vas andando por la vida con un nombre falso que no quieres que yo pronuncie, prefieres que te llame muñeca triste. Te gusta así más. No tienes delante de mí que seguir con la farsa. Aunque debes contentarte con lo que tienes, con este pequeño ratito, en que dejas que yo piense por ti. Y tú silenciosa puedes dejar de pensar sin cerrar los ojos, cansados los tienes ya de tanto cerrarlos para no ver lo que te rodea, pero tus esfuerzos son en vano, alguien te lo sigue susurrando al oído y el olor, ese olor que te acompaña desde el primer día, que no te abandona, que te da asco, el olor sucio de ese dinero, se mete por tu nariz ofendiéndote las entrañas. Pero todo lo haces, recuerda, por la aurora boreal que te aguarda en Alaska.
Prométeme, muñeca triste, que te vas a secar las lágrimas, que no valen la pena. Atúsate el cabello, píntate los labios y vuelve a sonreír, eso así, colócate la máscara y sal de nuevo a patear las calles.
Persigue tu sueño.

"Muñeca triste" por María Aixa Sanz


Narrativas nº 10 Julio- Septiembre 2008
(Monográfico sobre narrativa erótica)

 
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miércoles, 9 de febrero de 2011

Nueve semanas y media

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"You can leave your hat on" Joe Cocker


La primera vez en que nos acostamos me sujetó las manos por encima de la cabeza. Me gustó. Él me gustaba. Era hosco, en una forma que se me antojaba romántica; era gracioso, brillante, tenía una conversación interesante; y me daba placer.
La segunda vez, recogió mi foulard del suelo, donde yo lo había tirado al desnudarme, sonrió y dijo:
- ¿Me dejas que te vende los ojos?
Nunca me habían vendado los ojos en la cama, y me gustó. Él me gustó más aún que la primera noche y, mientras me lavaba los dientes, no podía dejar de sonreír: había encontrado a un amante extraordinariamente habilidoso.
La tercera vez, me puso repetidamente a punto de correrme. Cuando estaba por enésima vez dispuesta a estallar, volvió a detenerse; oí mi incorporal suplicarle que siguiera. Me contentó... estaba empezando a enamorarme.
La cuarta vez, cuando estaba lo bastante excitada como para perder el mundo de vista, empleó el mismo foulard para maniatarme. Aquella mañana, me había enviado trece rosas a la oficina.

"Nueve semanas y media" Elizabeth Mcneill



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jueves, 27 de enero de 2011

Aretusa

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[...]

"Llegaron junto a un manantial. El agua fresca del río, que emergía fundiéndose con la del mar en un escenario rodeado del frescor de la plantas verdes y exuberantes que circundaban el manantial, lo empapaba todo. Era una humedad embriagadora y dulce que se mezclaba con la brisa de sal del mar, un festín para los sentidos. Pese a encontrarse ya en el principio del invierno la temperatura era templada, agradable.
    - ¿Sabes por qué lo llaman el manantial de Aretusa?- preguntó Publio sin mirarla, con sus ojos puestos en el agua de aquella gran fuente natural.
    - No, me has explicado muchas cosas de Siracusa, pero ésta no me la has explicado.
Publio la miró y sonrió.
    - Aretusa era una ninfa, una ninfa de la diosa Artemisa- empezó a contar Publio, despacio, sus palabras fundiéndose con el ruido de lagua al correr hacia el mar-. Alfeo, un río del Peloponeso, en Grecia, hijo de Océano y Tetis como la mayoría de los ríos griegos, se enamoró perdidamente de esa joven ninfa, pero esto enfadó a Artemisa de modo que transportó a su ninfa hasta aquí, hasta la Isla de Ortygia y, no contenta con alejarla de Alfeo, decidió convertir a su ninfa en un manantial, el manantial de Aretusa. Desde entonces están separados por esa distancia enorme. ¿Entiendes?
Emilia asintió despacio, pero no estaba segura de entender. Publio prosiguió con su relato cuando Emilia pensaba que ya había concluido.
    - Pero convertir a Aretusa en manantial fue el gran error de Artemisa, pues dicen que desde entonces el dios Alfeo empuja sus aguas hacia el mar y viaja cada día hasta llegar aquí y mezclar su agua con la del manantial de su amada y así, se aman eternamente.

[...]

    - Por las noches, cuando estés en Roma, yo seré Alfeo, navegaré por el mar desde Africa y me uniré a ti a través del Tiber, en Roma. Piensa en ello por las noches, cuando todo sea temor y distancia piensa en ello, Emilia, y volveré a tí desde el mismo corazón de Africa."



"Las legiones malditas" Santiago Posterguillo.
Libro V. Consúl de Roma (205 a.C.)
66. El manantial de Aretusa. páginas 558-563




Fotografia: Katarzyna Rzeszowka


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lunes, 5 de julio de 2010

Los girasoles ciegos

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[...] Durante muchos años me ha atormentado el remordimiento por haber invocado a los leprosos para que se comieran ese energúmeno que estaba haciendo daño a mi madre, porque cuando acudí aterrorizado al oír sus gritos, vi cómo mi padre, desangelado e impotente, se abalanzaba sobre el hermano Salvador que estaba a horcajadas sobre ella, que se protegía el rostro con las manos para evitar el aliento de aquel puerco que hocicaba en su escote. Mi padre había salido del armario.

[...] Mi padre padre parecía un alfeñique comparado con la corpulencia del hermano Salvador. Mi madre se arrodilló junto al cuerpo tendido de mi padre y cuando me acerqué me acogió en el amasijo desvalido que formaba y mantuvo nuestros cuerpos apretados como si quisiera ocultarnos de todas las miradas. Cuando mi padre tuvo fuerzas suficientes para abrazarnos a su vez, los tres comenzamos un llanto que lo recuerdo como si hubiera durado varios años. Pero no hubo años para todos. El armario, el escondite, las mentiras y todos los silencios habían llegado a su fin.

[...] Ahora ya no sé que recuerdo, porque aunque veo a mi padre sentado a horcajadas en el alféizar de una de las ventanas del pasillo, aunque le oigo despedirse de nosotros con una voz dulce y serena, mi madre dice que se arrojó al vacío sin pronunciar una palabra.

Cuarta derrota:1942 o Los girasoles ciegos






"Los girasoles ciegos"
(2004) novela del escritor Alberto Méndez (1941-2004) ganadora del Premio Nacional de Narrativa de 2005 y llevada al cine por Jose Luis Cuerda en 2008 con Maribel Verdú, Javier Cámara, Raúl Arévalo y Roger Príncep.


gira

sábado, 26 de junio de 2010

Vida

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[...] no puedo lamentarme por lo que hice en el pasado porque no tengo poder para cambiarlo, pero sí para ser dueña de mi futuro.

"Dime quien soy" Julia Navarro


kkk

lunes, 1 de marzo de 2010

La vieja sirena

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[...]
Una sola pareja tomó el camino del promontorio oriental, pasando así muy cerca de la sirena pero sin verla porque, cogidos de la cintura, se miraban obsesos el uno al otro. El sendero seguía por una cornisa de la roca y a lo largo de ella fue siguiéndoles a nado la sirena, escuchando los ruidos de sus bocas, interrumpidos por algún chasquido, una succión, un chillido próximo a la risa, un jadeo de la más ronca voz. Dieron la vuelta al cabo y descendieron hasta una estrecha banda de arena, fuera de la vista de la playa.

El más desnudo de ambos -la oculta observadora ya conocía su uso de pieles sobre sus cuerpos sin escamas- despojó del todo al otro, causando gran asombro en la sirena, que, a la naciente luz de alba, descubrió un tórax como el de ella misma, con dos hermosos pechos nunca vistos en los buscadores de coral. En cambio su entrepierna estaba lisa, sin colita ni bolsa, aunque poco pudo examinarla la sirena porque ambos se habían acostado en la arena. En el acto se entregaron a un juego inexplicable para los ojos que les contemplaban, impresionante por su furia y su violencia y fascinante por su intensidad. Se agitaban abrazados, por momento como enemigos en lucha; se movían como la llama de luces rojizas, con iguales contorsiones y vaivén. La sirena envidió aquellas piernas que antes le parecieron torpes, pues servían para enlazase tanto como los brazos, para apoyarse en el suelo y aquearse, y para ceñirse sobre la otra espalda y atraerla. Poco a poco aquella doble unidad serpenteante se acomodó a un movimiento acompasado; subía y bajaba el que estaba encima y el ritmo iba poco a poco acelerándose. Cambiaban exclamaciones, jadeos, gemidos, susurros, suspiros, mordisqueos, chillidos y ayes que la sirena, sin comprenderlos, le estremecían el torso de carne y erizaban sus pezones. Lo que al principio le apreció un juego ahora resultaba una agonía: el jinete afanándose frenético, los músculos del cuello contraídos; la montura sacudiendo la cabeza a un lado y otro, semicerrados los ojos, crispados los labios. Hasta que de pronto lanzaron un gemido triunfal y el jinete se contorsionó en un espasmo y se derrumbó sobre el otro cuerpo como si se hubiera desangrado de golpe.


Jamás, en el mundo verde y silencioso de la sirena, ocurría nada capaz de transfigurar así los rostros. Si aquello era una lucha ninguno había sido vencido puesto que cesó por agotamiento, según indicaba la jadeante respiración. Mejor dicho, habían vencido ambos, pues sus rostros mostraan una sonrisa a un tiempo desmayada y triunfante. ¡Cómo envidió la sirena sus máscaras inefables, sus figuras inmoviles pesando sobre la tierra! Pasado un rato la montura pasó los dedos suavemente sobre el pecho de su jinete con un gesto que arrebató a la sirena y al que no supo darle nombre. Sólo sintió en su corazón la puñalada de serle negado aquello por toda la eternidad.

En aquel instante renegó para siempre de su divinidad, envidió a los seres capaces de tanta exaltación y decidió pedir a un dios propicio esa misma manera de estar viva.

















"La vieja sirena" José Luis Sampedro


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sábado, 26 de diciembre de 2009

Historia de O

looo


Lo que su amante quería de ella era muy simple: que estuviera siempre accesible de un modo constante e inmediato. No le bastaba saber que lo estaba; quería que lo estuviera sin el menor obstáculo y que tanto su actitud como su manera de vestir así lo advirtieran a los iniciados. Esto quería decir, prosiguió él, dos cosas: la primera, que ella sabía ya, puesto que se lo habían explicado la noche de su llegada al castillo, nunca debía cruzar las piernas y debía mantener los labios entreabiertos. Seguramente, ella creía que esto no tenía importancia ( y así lo creía, en efecto); sin embargo, proto descubriría que, para observar esta disciplina, tenía que poner una atención constante que le recordaría, en el secreto compartido entre los dos y acaso de alguna otra persona, pero durante sus ocupaciones ordinarias y entre todos aquellos ajenos a tal secreto, le recordaría la realidad de su condición. En cuanto a su ropa, deberia elegirla o, en caso necesario, inventarla de manera que hubiera necesidad de repetir aquel semidesnudamiento a que la había sometido en el coche que los llevaba a Roissy. Al día siguiente, ella escogería en sus armarios y cajones los vestidos y la ropa interior y descartaría absolutamente todos los slips y los sujetadores parecidos a aquél cuyos tirantes había tenido que cortar él para quitárselo, las combinaciones cuyo cuerpo le cubrieran los senos, las blusas y los vestidos que no se abrochasen por delante y las faldas que fueran demasiado estrechas para que pudiera levantarlas con un solo movimiento. Que encargara otros sujetadores, otras blusas y otros vestidos. Hasta entonces, ¿tendría que ir con los senos desnudos bajo la blusa o el jersey? Pues bien, que fuera. Si alguien lo notaba, ella podría explicarlo como mejor le pareciera o no dar ninguna explicación, era asunto suyo. En cuanto a las demás cosas que debía decirle, prefería esperar unos días y deseaba que para oírlas, ella estuviera vestida como él queria. En el cajoncito del escritorio encontaría todo el dinero que necesitara. Cuando él terminó de hablar, ella murmuró "te quiero" sin el menor gesto. Fué él quien echó más leña al fuego y encendió la lámpara de la mesita de noche, que era de opalina rosa. Entonces dijo a O que se acostara y lo esperase, que dormiría con ella. Cuando él volvió a entrar en la habitación, O alargó la manos para apagar la luz. Era la mano izquierda y lo último que vio antes de que se hiciera la oscuridad fue el brillo apagado de su sortija de hierro.


"Historia de O" Pauline Reage




Fotografías: China Hamilton

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miércoles, 2 de diciembre de 2009

La novela del Genji

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En la corte de cierto emperador, cuyo nombre y año en que subió al trono omitiré, vivía una dama que, aun sin pertenecera a los rangos superiores de la nobleza, habia cautivado a su señor hasta el extremo de convertirse en su favorita indiscutida. Como es natural, su posición de privilegio en el corazón del soberano le ganó muy pronto la enemistad y el desprecio de otras damas de mayor categoría que le reprochaban haber hecho añicos esas aspiraciones y sueños de poder que ninguna dama de la corte confesará nunca, aunque casi todas los tengan. No le mostraban más simpatía sus antiguas compañeras de rangos inferiores, pues, al verla por encima de ellas, se sentían profundamente humilladas.

La infeliz dama, expuesta a celos y malquerencias de todo tipo y objeto constante de agravios y mezquindades, acabó cayendo enferma y se convirtió en una criatura triste y melacólica que pasama más tiempo en su casa que en palacio. Con todo, el emperados nunca le reprochó que hubiera dejado de ser la muchacha sana y alegre que le había cautivado, y cada día que pasaba le mostraba mayor ternura y afecto. Muchos reprochaban su conducta insensata, pero el soberano no les hacía ningún caso. Poco a poco la pasión imperial se convirtió en tema favorito de todas las conversaciones. Comentaban que, en China, una historia muy parecida acabó provocando rebeliones y desastres, y se comparaba a la dama en voz baja con la infortunada Yang Kuei-Fei.

Su padre, un consejero imperial mayor, había muerto, pero su madre, que siempre tuvo muy presente la importancia de su marido, consiguió darle una educación tan exquisita como la de las hijas de padres vivos y pudientes. Hubiera hecho cualquier cosa por contar con un protector influyente en la corte capaz de interesarse por la muchacha, pero la pobre mujer estaba sola, y, cuando llegaban a sus oídos las humillaciones que había de sufrir su hija por culpa de sus rivales, lamentaba amargamente carecer de un valedor adecuado.

Llegado el momento, la joven favorita regaló al emperador (quizás porque en una vida anterior ya habían estado unidos de algún modo) un niño hermosísimo. Cuando la criatura fue presentada en la corte, su majestad, que vivía sobre ascuas por verlo, comprobó que los rumores no habían exagerado un ápice la belleza de su retoño. Amando a la madre como la amaba, recibió al niño como a un tesoro muy especial que le pertenecía exclusivamente a él.

El rango de la dama no le permitía atender al emperador personalmente como hacían otras de menos categoría, pero el hombre se empeñó en tenerla a su lado, e incluso exigía su presencia en fiestas improvisadas que se celebraban de noche y en las que cantaba y tocaba en su honor. A veces dormían juntos hasta muy entrado el día, y ni siquiera entonces la dejaba marchar con gran escándalo de la corte, que acusaba a la muchacha de inmodestia. El nacimiento del niño había reforzado su posición de favorita indiscutible del soberano. No es de extrañar, pues, que Kokiden, hija del ministro de la derecha, esposa principal del emperador y madre del primogénito, empezara a temer que el niño que acababa de llegar sería nombrado sucesor de la corona si ella no tomaba medidas drásticas. Confiaba en que todavía estaba muy por encima de su rival: contaba con el apoyo de su influyente familia, habia entrado en palacio mucho antes y había dado numerosa descendencia al soberano, que no podía permitirse el lujo de ignorarla. Los detractores de la nueva favorita, en cambio, eran muchos y estaban continuamente al acecho de la falta más leve para acusarla y denostarla.

Vivía en el pabellón que llamaban "de las Paulonias": de ahí que se la conociera como Kiritsubo. Para llegar a su habitación, el emperador debía de atravesar una serie de aposentos asignados a otras damas, pero este pequeño inconveniente no impedía que la visitara con frecuencia ni que ella acudiera a su lado siempre que tenía ganas de estar con él. Los paseos continuos en uno u otro sentido generaban resentimiento entre las damas afectadas en su intimidad, y ellas se vengaban sembrando de inmundicias el suelo de corredores y estancias para que los vestidos de la favorita y sus sirvientas se mancharan al pasar. Como los escarnios y humillaciones no hacían sino aumentar con el paso de los días, su majestad se negó a soportarlo por más tiempo, y desalojó a un dama que ocupaba un aposento contiguo al suyo para asignarlo a Kiritsubo. Como es natural, la desalojada no se lo perdonó jamás.




"La novela del Genji" Murasaki Shikibu.
Primera parte "Esplendor"
Vida de Genji I, Infancia, juventud y destierro
1 El pabellón de la Paulonias
Kiritsubo

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El nombre del viento

"Viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron."

"He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.
Me llamo Kvothe. Quizá hayas oído hablar de mí."


PRÓLOGO

Un silencio triple

Volvía a ser de noche. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.
El silencio más obvio era una calma hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre las ramas, habría hecho chirriar el letrero de la posada en sus ganchos y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en otoño. Si hubiera habido gente en la posada, aunque solo fuera un puñado de clientes, ellos habrían llenado el silencio con su conversación y sus risas, y con el barullo y tintineo propios de una taberna a altas horas de la noche. Si hubiera habido música... pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, y por eso persistía el silencio.

En la posada Roca de Guía, un par de hombres, apiñados en un extremo de la barra, bebían con tranquila determinación, evitando las discusiones serias sobre noticias perturbadoras. Su presencia añadía otro silencio, pequeño y sombrío, al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de aleación, un contrapunto.

El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas una hora escuchando, quizá empezaras a notarlo en el suelo de madera y en los bastos y astillados barriles que había detrás de la barra. Estaba en el peso de la chimenea de piedra negra, que conservaba el color de un fuego que ya llevaba mucho rato apagado. Estaba en el lento ir y venir de un trapo de hilo blanco que frotaba el veteado de la barra. Y estaba en las manos del hombre allí de píe, sacándole brillo a un superficie de caoba que ya brillaba bajo la luz de la lámpara.

El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.

La posada Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía de ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era el sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.

El nombre del viento, Patrick Rothfuss