lunes, 1 de marzo de 2010

La vieja sirena

vieja
















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Una sola pareja tomó el camino del promontorio oriental, pasando así muy cerca de la sirena pero sin verla porque, cogidos de la cintura, se miraban obsesos el uno al otro. El sendero seguía por una cornisa de la roca y a lo largo de ella fue siguiéndoles a nado la sirena, escuchando los ruidos de sus bocas, interrumpidos por algún chasquido, una succión, un chillido próximo a la risa, un jadeo de la más ronca voz. Dieron la vuelta al cabo y descendieron hasta una estrecha banda de arena, fuera de la vista de la playa.

El más desnudo de ambos -la oculta observadora ya conocía su uso de pieles sobre sus cuerpos sin escamas- despojó del todo al otro, causando gran asombro en la sirena, que, a la naciente luz de alba, descubrió un tórax como el de ella misma, con dos hermosos pechos nunca vistos en los buscadores de coral. En cambio su entrepierna estaba lisa, sin colita ni bolsa, aunque poco pudo examinarla la sirena porque ambos se habían acostado en la arena. En el acto se entregaron a un juego inexplicable para los ojos que les contemplaban, impresionante por su furia y su violencia y fascinante por su intensidad. Se agitaban abrazados, por momento como enemigos en lucha; se movían como la llama de luces rojizas, con iguales contorsiones y vaivén. La sirena envidió aquellas piernas que antes le parecieron torpes, pues servían para enlazase tanto como los brazos, para apoyarse en el suelo y aquearse, y para ceñirse sobre la otra espalda y atraerla. Poco a poco aquella doble unidad serpenteante se acomodó a un movimiento acompasado; subía y bajaba el que estaba encima y el ritmo iba poco a poco acelerándose. Cambiaban exclamaciones, jadeos, gemidos, susurros, suspiros, mordisqueos, chillidos y ayes que la sirena, sin comprenderlos, le estremecían el torso de carne y erizaban sus pezones. Lo que al principio le apreció un juego ahora resultaba una agonía: el jinete afanándose frenético, los músculos del cuello contraídos; la montura sacudiendo la cabeza a un lado y otro, semicerrados los ojos, crispados los labios. Hasta que de pronto lanzaron un gemido triunfal y el jinete se contorsionó en un espasmo y se derrumbó sobre el otro cuerpo como si se hubiera desangrado de golpe.


Jamás, en el mundo verde y silencioso de la sirena, ocurría nada capaz de transfigurar así los rostros. Si aquello era una lucha ninguno había sido vencido puesto que cesó por agotamiento, según indicaba la jadeante respiración. Mejor dicho, habían vencido ambos, pues sus rostros mostraan una sonrisa a un tiempo desmayada y triunfante. ¡Cómo envidió la sirena sus máscaras inefables, sus figuras inmoviles pesando sobre la tierra! Pasado un rato la montura pasó los dedos suavemente sobre el pecho de su jinete con un gesto que arrebató a la sirena y al que no supo darle nombre. Sólo sintió en su corazón la puñalada de serle negado aquello por toda la eternidad.

En aquel instante renegó para siempre de su divinidad, envidió a los seres capaces de tanta exaltación y decidió pedir a un dios propicio esa misma manera de estar viva.

















"La vieja sirena" José Luis Sampedro


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