miércoles, 29 de septiembre de 2010

El niño yuntero

                                                                          



Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace como la herramienta,
a los golpes destinado, 
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado. 

Entre estiércol puro y vivo 
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra, 
a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe, 
y ya sabe que el sudor 
es un corona grave  
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja  
masculinamente serio, 
se unge de la lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
  
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es 
más raíz, menos criatura,  
que escucha bajo sus pies 
la voz de la sepultura.  
  
Y como raíz se hunde 
en la tierra lentamente,
para que la tierra inunde 
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento 
con una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma encina.
  
Le veo arar los rastrojos, 
y devorar un mendrugo, 
y declarar con los ojos 
que por qué es carne de yugo.
  
Me da su arado en el pecho, 
y su vida en la garganta,  
y sufro viendo el barbecho 
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo 
menor que un grano de avena? 
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son 
y han sido niños yunteros.

"El niño yuntero", Miguel Hernández
(Viento del pueblo, 1937)


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