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Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero inoportuno.
Cardos, penas, me ponen su corona.
cardos, penas, me azuzan sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
circundada de pena y de cardos...
¡Cuánto penar para morirse uno!
De "El silvo vulnerado" (1934)
Miguel Hernández
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