La infeliz dama, expuesta a celos y malquerencias de todo tipo y objeto constante de agravios y mezquindades, acabó cayendo enferma y se convirtió en una criatura triste y melacólica que pasama más tiempo en su casa que en palacio. Con todo, el emperados nunca le reprochó que hubiera dejado de ser la muchacha sana y alegre que le había cautivado, y cada día que pasaba le mostraba mayor ternura y afecto. Muchos reprochaban su conducta insensata, pero el soberano no les hacía ningún caso. Poco a poco la pasión imperial se convirtió en tema favorito de todas las conversaciones. Comentaban que, en China, una historia muy parecida acabó provocando rebeliones y desastres, y se comparaba a la dama en voz baja con la infortunada Yang Kuei-Fei.
Su padre, un consejero imperial mayor, había muerto, pero su madre, que siempre tuvo muy presente la importancia de su marido, consiguió darle una educación tan exquisita como la de las hijas de padres vivos y pudientes. Hubiera hecho cualquier cosa por contar con un protector influyente en la corte capaz de interesarse por la muchacha, pero la pobre mujer estaba sola, y, cuando llegaban a sus oídos las humillaciones que había de sufrir su hija por culpa de sus rivales, lamentaba amargamente carecer de un valedor adecuado.
Llegado el momento, la joven favorita regaló al emperador (quizás porque en una vida anterior ya habían estado unidos de algún modo) un niño hermosísimo. Cuando la criatura fue presentada en la corte, su majestad, que vivía sobre ascuas por verlo, comprobó que los rumores no habían exagerado un ápice la belleza de su retoño. Amando a la madre como la amaba, recibió al niño como a un tesoro muy especial que le pertenecía exclusivamente a él.
El rango de la dama no le permitía atender al emperador personalmente como hacían otras de menos categoría, pero el hombre se empeñó en tenerla a su lado, e incluso exigía su presencia en fiestas improvisadas que se celebraban de noche y en las que cantaba y tocaba en su honor. A veces dormían juntos hasta muy entrado el día, y ni siquiera entonces la dejaba marchar con gran escándalo de la corte, que acusaba a la muchacha de inmodestia. El nacimiento del niño había reforzado su posición de favorita indiscutible del soberano. No es de extrañar, pues, que Kokiden, hija del ministro de la derecha, esposa principal del emperador y madre del primogénito, empezara a temer que el niño que acababa de llegar sería nombrado sucesor de la corona si ella no tomaba medidas drásticas. Confiaba en que todavía estaba muy por encima de su rival: contaba con el apoyo de su influyente familia, habia entrado en palacio mucho antes y había dado numerosa descendencia al soberano, que no podía permitirse el lujo de ignorarla. Los detractores de la nueva favorita, en cambio, eran muchos y estaban continuamente al acecho de la falta más leve para acusarla y denostarla.
Vivía en el pabellón que llamaban "de las Paulonias": de ahí que se la conociera como Kiritsubo. Para llegar a su habitación, el emperador debía de atravesar una serie de aposentos asignados a otras damas, pero este pequeño inconveniente no impedía que la visitara con frecuencia ni que ella acudiera a su lado siempre que tenía ganas de estar con él. Los paseos continuos en uno u otro sentido generaban resentimiento entre las damas afectadas en su intimidad, y ellas se vengaban sembrando de inmundicias el suelo de corredores y estancias para que los vestidos de la favorita y sus sirvientas se mancharan al pasar. Como los escarnios y humillaciones no hacían sino aumentar con el paso de los días, su majestad se negó a soportarlo por más tiempo, y desalojó a un dama que ocupaba un aposento contiguo al suyo para asignarlo a Kiritsubo. Como es natural, la desalojada no se lo perdonó jamás.
Primera parte "Esplendor"
Vida de Genji I, Infancia, juventud y destierro
1 El pabellón de la Paulonias
Kiritsubo








