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miércoles, 2 de diciembre de 2009

La novela del Genji

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En la corte de cierto emperador, cuyo nombre y año en que subió al trono omitiré, vivía una dama que, aun sin pertenecera a los rangos superiores de la nobleza, habia cautivado a su señor hasta el extremo de convertirse en su favorita indiscutida. Como es natural, su posición de privilegio en el corazón del soberano le ganó muy pronto la enemistad y el desprecio de otras damas de mayor categoría que le reprochaban haber hecho añicos esas aspiraciones y sueños de poder que ninguna dama de la corte confesará nunca, aunque casi todas los tengan. No le mostraban más simpatía sus antiguas compañeras de rangos inferiores, pues, al verla por encima de ellas, se sentían profundamente humilladas.

La infeliz dama, expuesta a celos y malquerencias de todo tipo y objeto constante de agravios y mezquindades, acabó cayendo enferma y se convirtió en una criatura triste y melacólica que pasama más tiempo en su casa que en palacio. Con todo, el emperados nunca le reprochó que hubiera dejado de ser la muchacha sana y alegre que le había cautivado, y cada día que pasaba le mostraba mayor ternura y afecto. Muchos reprochaban su conducta insensata, pero el soberano no les hacía ningún caso. Poco a poco la pasión imperial se convirtió en tema favorito de todas las conversaciones. Comentaban que, en China, una historia muy parecida acabó provocando rebeliones y desastres, y se comparaba a la dama en voz baja con la infortunada Yang Kuei-Fei.

Su padre, un consejero imperial mayor, había muerto, pero su madre, que siempre tuvo muy presente la importancia de su marido, consiguió darle una educación tan exquisita como la de las hijas de padres vivos y pudientes. Hubiera hecho cualquier cosa por contar con un protector influyente en la corte capaz de interesarse por la muchacha, pero la pobre mujer estaba sola, y, cuando llegaban a sus oídos las humillaciones que había de sufrir su hija por culpa de sus rivales, lamentaba amargamente carecer de un valedor adecuado.

Llegado el momento, la joven favorita regaló al emperador (quizás porque en una vida anterior ya habían estado unidos de algún modo) un niño hermosísimo. Cuando la criatura fue presentada en la corte, su majestad, que vivía sobre ascuas por verlo, comprobó que los rumores no habían exagerado un ápice la belleza de su retoño. Amando a la madre como la amaba, recibió al niño como a un tesoro muy especial que le pertenecía exclusivamente a él.

El rango de la dama no le permitía atender al emperador personalmente como hacían otras de menos categoría, pero el hombre se empeñó en tenerla a su lado, e incluso exigía su presencia en fiestas improvisadas que se celebraban de noche y en las que cantaba y tocaba en su honor. A veces dormían juntos hasta muy entrado el día, y ni siquiera entonces la dejaba marchar con gran escándalo de la corte, que acusaba a la muchacha de inmodestia. El nacimiento del niño había reforzado su posición de favorita indiscutible del soberano. No es de extrañar, pues, que Kokiden, hija del ministro de la derecha, esposa principal del emperador y madre del primogénito, empezara a temer que el niño que acababa de llegar sería nombrado sucesor de la corona si ella no tomaba medidas drásticas. Confiaba en que todavía estaba muy por encima de su rival: contaba con el apoyo de su influyente familia, habia entrado en palacio mucho antes y había dado numerosa descendencia al soberano, que no podía permitirse el lujo de ignorarla. Los detractores de la nueva favorita, en cambio, eran muchos y estaban continuamente al acecho de la falta más leve para acusarla y denostarla.

Vivía en el pabellón que llamaban "de las Paulonias": de ahí que se la conociera como Kiritsubo. Para llegar a su habitación, el emperador debía de atravesar una serie de aposentos asignados a otras damas, pero este pequeño inconveniente no impedía que la visitara con frecuencia ni que ella acudiera a su lado siempre que tenía ganas de estar con él. Los paseos continuos en uno u otro sentido generaban resentimiento entre las damas afectadas en su intimidad, y ellas se vengaban sembrando de inmundicias el suelo de corredores y estancias para que los vestidos de la favorita y sus sirvientas se mancharan al pasar. Como los escarnios y humillaciones no hacían sino aumentar con el paso de los días, su majestad se negó a soportarlo por más tiempo, y desalojó a un dama que ocupaba un aposento contiguo al suyo para asignarlo a Kiritsubo. Como es natural, la desalojada no se lo perdonó jamás.




"La novela del Genji" Murasaki Shikibu.
Primera parte "Esplendor"
Vida de Genji I, Infancia, juventud y destierro
1 El pabellón de la Paulonias
Kiritsubo

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El nombre del viento

"Viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron."

"He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.
Me llamo Kvothe. Quizá hayas oído hablar de mí."


PRÓLOGO

Un silencio triple

Volvía a ser de noche. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.
El silencio más obvio era una calma hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre las ramas, habría hecho chirriar el letrero de la posada en sus ganchos y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en otoño. Si hubiera habido gente en la posada, aunque solo fuera un puñado de clientes, ellos habrían llenado el silencio con su conversación y sus risas, y con el barullo y tintineo propios de una taberna a altas horas de la noche. Si hubiera habido música... pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, y por eso persistía el silencio.

En la posada Roca de Guía, un par de hombres, apiñados en un extremo de la barra, bebían con tranquila determinación, evitando las discusiones serias sobre noticias perturbadoras. Su presencia añadía otro silencio, pequeño y sombrío, al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de aleación, un contrapunto.

El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas una hora escuchando, quizá empezaras a notarlo en el suelo de madera y en los bastos y astillados barriles que había detrás de la barra. Estaba en el peso de la chimenea de piedra negra, que conservaba el color de un fuego que ya llevaba mucho rato apagado. Estaba en el lento ir y venir de un trapo de hilo blanco que frotaba el veteado de la barra. Y estaba en las manos del hombre allí de píe, sacándole brillo a un superficie de caoba que ya brillaba bajo la luz de la lámpara.

El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.

La posada Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía de ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era el sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.

El nombre del viento, Patrick Rothfuss

miércoles, 1 de abril de 2009

Te leo

"Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, me replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro. Existe el riesgo de que resulte un tanto largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa; con un poco de suerte, no andáis mal de tiempo. Y además no es algo ajeno a vosotros; ya veréis como no es algo ajenos a vosotros. No creáis que estoy intentando convenceros de nada; bien pensado, allá vosotros con vuestras opiniones. Si he resuelto escribir, después de tantos años, es para poner las cosas en su sitio, y no para vosotros. Nos pasamos tiempo y tiempo en este mundo arrastrándonos como orugas, a la espera de la mariposa espléndida y diáfana que llevamos dentro. Y, luego, el tiempo pasa, la ninfosis no llega, seguimos siendo larvas: comprobación desalentadora; ¿cómo manerjarla? Por supuesto que siempre queda la opción del suicidio. Pero, a decir verdad, el suicidio no me tienta gran cosa. Es evidente que he pensado mucho en ello, así es como lo haría: me colocaría una granada pegada al corazón y me iría en una rápida explosión de gozo. Una granada pequeña y redonda a la que quitaría el pasador primorosamente antes de soltar la cuchara, sonriéndole al ruidito metálico del resorte, el último que iba a oír aparte del latido del corazón en los oídos. Y, luego, la dicha por fin, y las paredes de mi despacho adornadas con piltrafas. Que las quiten las mujeres de la limpieza, para eso les pagan, lo siento por ellas. Pero, como he dicho ya, el suicidio no me tienta. No sé a qué se debe, por lo demás; un antiguo resabio de ética filosófica quizá, que me mueve a decir que, bien pensado no estamos en la tierra para andar jugando. ¿Para qué entonces? No tengo ni idea; para durar, seguramente, para matar el tiempo antes de que nos mate. Y, en tal caso, como forma de emplear los ratos perdidos, escribir es una ocupación tan buena como otra cualquiera. Y no es que tenga yo muchos ratos que perder, soy hombre ocupado; tengo eso que llaman una familia, un trabajo, responsabilidades: así que todo eso lleva tiempo y no deja mucho para contar recuerdos. Tanto más que lo que se dice tener recuerdos, los tengo, e incluso en una cantidad considerable. Soy una auténtica fábrica de recuerdos. Creo que me he pasado la vida manufacturándome recuerdos, aunque ahora más bien me pagan por manufacturar encajes. En realidad, también podría no haber escrito. Bien pensado, no es una obligación. Desde que acabó la guerra, he sido un hombre discreto; gracias a Dios, nunca he necesitado, como mi ex colegas, escribir mis memorias para justificarme, porque no tengo nada que justificar; ni tampoco tengo intenciones lucrativas, porque me gano la vida bastante bien con lo que hago."

Primeras líneas de "Las benévolas" de Jonathan Littell.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Me lees?

“Estaba amarrada con correas de cuero en una estrecha litera de estructura de acero. El correaje le oprimía el tórax. Se hallaba boca arriba. Tenía las manos esposadas a la altura de los muslos.

Hacía mucho tiempo que había desistido de todo intento de soltarse. Se encontraba despierta pero con los ojos cerrados. Si los abriera, sólo vería oscuridad; la única luz existente era un tímido rayo que se filtraba por encima de la puerta. Tenía mal sabor de boca y ansiaba lavarse los dientes.

Una parte de su consciencia aguardaba el sonido de unos pasos que anunciaran su llegada. Ignoraba qué hora de la noche sería, pero le parecía que empezaba a ser demasiado tarde para que él la visitara. Una repentina vibración le hizo abrir los ojos. Era como si una maquina de hubiese puesto en marcha en algún lugar del edificio. Unos segundos después ya no estaba segura de si se trataba de un ruido real o de si lo había imaginado.

Tachó un día más en su mente.

Era el día número cuarenta y tres de su cautiverio.

Le picaba la nariz y giró la cabeza para poderse rascar contra la almohada. Sudaba. En la habitación hacía un calor sofocante. Llevaba un sencillo camisón que se le arrugaba en la espalda. Al mover la cadera pudo atrapar la prenda con los dedos índice y corazón para irla bajando, centímetro a centímetro, por uno de los lados. Repitió el procedimiento con la otra mano. Pero el camisón había hecho un pliegue en la parte baja de la espalda. El colchón estaba abullonado y era muy incomodo. Su total aislamiento provocó que todas las pequeñas impresiones, en las que no había reparado en otras circunstancias, se intensificaran. Las correas estaban un poco flojas, de modo que podía cambiar de postura y ponerse de lado; pero, entonces, el brazo que le quedaba bajo el cuerpo se le dormía.

No tenía miedo. Pero si una rabia contenida cada vez mayor.

Al mismo tiempo, la atormentaban sus propios pensamientos, que se transformaban constantemente en desagradables fantasías sobre lo que iba a ser de ella. Odiaba esa forzada indefensión. Pro mucho que intentara concentrarse en otra cosa para pasar el tiempo y olvidarse de su situación, la angustia siempre acababa por aflorar. Flotaba en el aire como una nube de gas que amenazaba con penetrar por sus poros y envenenar su existencia. Había descubierto que la mejor manera de mantener alejada esa angustia era imaginándose algo que le transmitiera una sensación de fuerza. Cerró los ojos y evocó el olor a gasolina.

Él se encontraba sentado en un coche con el cristal de la ventanilla bajado. Ella se acercó corriendo, echó gasolina a través del hueco de la ventanilla y encendió una cerilla. Fue cuestión de segundo. Las llamas prendieron en el acto. El se retorcía de dolor mientras ella oía sus gritos de horror y sufrimiento. Percibió el olor de la carne quemada y otro mas intenso, a plástico y espuma, producido por los asientos, que se estaban carbonizando.”


"La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina" Millenium II. Stieg Larsson.



viernes, 15 de agosto de 2008

Lecturas III




"Se había convertido en un acontecimiento anual. Hoy el destinatario de la flor cumplía ochenta y dos años. Al llegar el paquete, lo abrió y le quitó el papel de regalo. Acto seguido, cogió el teléfono y marcó el número de un ex comisario de la policía criminal que, tras jubilarse, se había ido a vivir a orillas del lago Siljan. Los dos hombres no sçolo tenían la misma edad, sino que habían nacido el mismo día, lo cual, teniendo en cuenta las cirucnstancias, sólo podia considerarse una ironía. El comisario, que sabía que la llamada se produciría tras el reparto del corro, hacia las once de la mañana, esperaba tomándose un café. Este año el teléfono sonó a las diex y media. Lo cogió y dijo <> sin más."

Las primeras lineas de "Los hombres que no amaban a lasmujeres" de Stieg Larsson

lunes, 21 de julio de 2008

Lectura










"Los hijos del Conde Olar heredaron la extraordinaria fuerza física, los ojos grises, el áspero cabello rojinegro y la humillante cortedad de piernas de su padre.
Sikrosio, el primogénito, tenía más rojo el pelo, también eran mayores su fuerza y corpulencia, su destreza con la espada y su osadía. Por contra, de entre todos ellos, resultó el peor jinete, precisamente por culpa de aquellas piernas cortas, gruesas y ligeramente zambas que algunos -bien que a su espalda- tildaban de patas. Si hubo algun incauto o malintencionado que se atrevió a insinuarlo en su presencia, no deseó, o no pudo, repetirlo jamás."
Así comienza el libro "Olvidado Rey Gudú" de Ana Maria Matute